
Desde aquí se ven las otras azoteas, algunas más elevadas que esta. En una de estas azoteas palestinas más elevadas que la nuestra hay un puesto de vigilancia del ejército israelí, con su garita y una especie de cortina que pareciera una red de pescar, de color verde militar. K explica que lo tienen ahí ocupando ilegalmente, pero bueno, sin autoridad competente a la que acudir, nada puede hacer la familia que vive ahí para impedirlo.
También me señala K el bidón que está ahí tirado en un rincón del tejado. Los agujeros que tiene son de disparos.

Me explica K que los soldados (o quizás los colonos, que también están armados) deben de aburrirse terriblemente y se entretienen de vez en cuando disparando a los bidones, que quedan inútiles y las familias que viven en la casa se quedan sin agua el tiempo que se tarde en cambiar los bidones – días, semanas...
Mirando hacia la calle, abajo, se ve, aparte de los controles militares, que también se ven cuando estamos abajo,


algo que tendemos a obviar pero que desde aquí salta a la vista, y es la calle levantada justo junto a la entrada de las casas. K explica que es una más de las humillaciones. A veces, simplemente, llega una de esas máquinas de las que en un país normal llegan cuando hace falta reparar una tubería que va por debajo del asfalto y te levanta la calle y se repara en unas cuantas semanas. Aquí llega la máquina, levanta la calle, y la deja levantada permanentemente, dejando a quienes vivan en esa casa amargados teniendo que trepar por los escombros cada vez que tienen que salir y entrar en la casa.

A veces la familia puede permitirse el lujo de arreglarlo

A veces, no.

Después de hacer la ronda de la mañana y desayunar, me voy a la calle de abajo, camino del control militar en forma de sepulcro con espejos y hacia la parte viva de la ciudad. Normalmente no suele haber más soldados de los necesarios, pero hoy nos encontramos con un vehículo militar de los que llevan soldados de un lado a otro, por la calle por donde a los palestinos no se les permite circular con otros vehículos que no sean bicicletas o burros. Los soldados se quedan mirándonos desde la ventana trasera del vehículo y sonríen con sarcasmo y nos dicen adiós con la mano. No suelen hacer esto pero imagino que el incidente del otro día les pareció gracioso y me han reconocido.
Me dirijo a un sitio que unas veces suena como "Kawawis", otras como "Kaoís" y otras como "Kuís", dependiendo de quién lo diga. Es demasiado pequeño para andar preguntando por un servicio hasta ese pueblo desde aquí; tengo que preguntar por Yatta y luego cambiar allí.
Pregunto a un hombre que sabe inglés y me responde: "Vas a Kawawis, ¿no?" "Sí. ¿Cómo lo sabes?" "Todos los extranjeros que vais a Yatta es porque vais a Kawawis". Por supuesto. No soy la primera ni seré la última.
Me va llevando por entre la muchedumbre (de hombres solo) y los taxis y en un momento dado nos rodean unos cuantos hombres que me miran y hablan como enfadados. El hombre que me está sirviendo de guía les dice algo sobre "España", "ayudar" y "palestinos" y todos me miran de nuevo y se callan. Me consigue un taxi y me monto.
No hay incidentes en el viaje hasta que nos acercamos a la ciudad. Un colono israelí conduce su coche como loco, sin respetar la señal palestina de "stop", casi matando a un grupo de colegialas palestinas y luego haciendo violentos gestos con la mano a un conductor palestino que de hecho se ha parado para evitar un accidente.
Una vez en la calle principal de Yatta, que está llena de chicos y hombres palestinos, voy de tienda en tienda comprando comida para un par de días. Se me acerca un señor con barba: "A kawawis? Si? Yo te llevo". Para cuando ha acabado la frase se ha formado un corro de unos 10 hombres a nuestro alrededor. Me dice el tipo que me lleva por 25 shekels; me habían dicho que serían 5 así que le digo que me lo voy a pensar, pero tampoco es que me queden muchas opciones, puesto que es el único taxi que se ve por aquí, así que compro algo más de comida, que él me ayuda a comprar y cargar, y nos montamos en la furgo. Es la primera vez en Palestina que me monto en un taxi yo sola.
Me lleva por carreteras llenas de montículos de piedras irregulares y "roadblocks", que consisten en bloques de piedra de uno a dos metros cúbicos puestos en medio de las carreteras para hacer el trasporte motorizado imposible, por los que pasa con la furgoneta a duras penas, y en uno de ellos me grita por encima del atronador ruido del motor y las piedras bajo los neumáticos: "Esta carretera, destruida por Israel". Lo cual es una observación muy útil, porque, sin esta información, sería fácil asumir simplemente que nunca existió ninguna carretera, ni la intención de hacerla, y lo que estamos haciendo es seguir el rastro que han dejado otros coches, o que alguien empezó a construirla pero en mitad de la tarea se cayeron estas rocas y no se pudo terminar...
La furgoneta llega hasta una carretera perfectamente asfaltada que corta esta por la que vamos, como casi todas las carreteras israelíes cortan de cuajo muchísimas "carreteras" palestinas, dejando a la gente aislada. Parece que esta antes llegaba hasta Kawawis porque se ve un camino de cabras parecido a este al otro lado de la carretera israelí, que ahora la corta y Kawawis se queda totalmente aislado, pues solo se puede ir andando.
El taxista hace ademán de acompañarme pero cuando ve que me dirijo derecha a la carretera israelí se disculpa: "No puedo, demasiado peligroso". Comprendo perfectamente. Como potencial terrorista que es, su presencia cerca de una carretera israelí justificaría de sobra un tiroteo con resultado de muerte. Así que allá me voy yo, con mi melena suelta como "prueba" de que no soy palestina, por lo tanto no soy terrorista, por lo tanto no me van a matar.
Una vez en el arcén de la carretera tengo que ver a L, que cogerá este mismo taxi para llegar a Yatta.
Camiones, grandes autobuses y coches, algunos militares, pasan a gran velocidad por esta carretera a la que no la corta nada ni nadie. Imagino que sus pasajeros se preguntarán de dónde demonios salgo y a dónde demonios iré.
L. y yo por fin nos vemos de lejos y corremos a encontrarnos, la llevo al taxi, me da la llave de la casa donde me hospedaré, se monta en el taxi con sus bártulos y yo me quedo sola a este lado de la carretera.
Cruzo por fin la carretera por última vez en unos días, en un momento en que no pasa ningún vehículo, y el paisaje que se extiende ante mí es asombroso

pero también desolador.

No hay ningún indicio de vida aparte de las huellas del taxi en el camino de cabras por donde hemos venido, vacío al otro lado de la carretera israelí ahora, y los coches que pasan y se van antes de que pueda ver ningún ocupante dentro.
Y, al final, el asentamiento israelí, con sus barracones, con su muerte.

L. me ha indicado dónde está el conjunto de "casas" al que debo dirigirme. Ahora tengo que hacer memoria y ejercicio visual porque se confunden tanto con el terreno que casi son invisibles.

Después de caminar unos diez minutos llego junto a unas construcciones de no más de dos metros de altura. La más grande es de un grisáceo oscuro, cuadrada; las demás son en plan iglú solo que de piedra. Al dar la vuelta a uno de esos "iglús", me encuentro a dos mujeres, una muy vieja y otra algo más joven, y un hombre, cuya edad podría estar entre las de las dos mujeres, sentados en una especie de plataforma, tomando té y mirándome.
Parece que me estuvieran esperando. Me dan la bienvenida, con las poquísimas palabras que saben decir en inglés, y me dan a beber el té más dulce que he probado nunca.
Así que aquí me quedo, sentada en el suelo de esta plataforma con la mochila y la compra en el suelo.
A duras penas me entero de que la mujer más vieja y el hombre son matrimonio y la mujer más joven, que parece que tuviera unos 50 años, con algunos dientes de oro y otros simplemente ausentes, solo tiene 30 y es su hija soltera.
Después de dos vasitos de té les indico mis cosas y la llave que me han dado. A su vez ellos me indican el iglú que he venido rodeando y se quedan ahí, dejándome que me organice mis cosas.
La "casa" cuya puerta abre la llave que me acaban de dar se compone de piedras una sobre otra, haciendo una pared circular, con una lona cubriendo la única habitación resultante.
Casi todas las "casas" son así, o lo parecen desde fuera. Esta tiene varias colchonetas y mantas, lo justo para dormir. L. ha dejado algo de pan y algunas galletas. Junto a la comida hay un cuaderno donde la gente que ha estado aquí antes que yo ha ido apuntando "incidencias". Todas hablan de colonos maltratando palestinos y de soldados no haciendo nada al respecto; una que resalta del resto habla de colonos quemando todo un bosque de olivos.
La gente ha ido firmando lo que ha escrito y reconozco algunos nombres, gente con la que he estado en otros lugares, y me los imagino aquí, en esta misma casa, en la plataforma tomando té, o levantándose a las 6 de la mañana, como cuentan, para ir a acompañar al señor mayor con el rebaño de ovejas, y eso me hace sentirme aún menos sola.
Termino de leer el cuaderno y al dirigirme a la puerta para salir me fijo en el cartel fijado a ella, hecho a mano, toque de ironía incluído.

Hay tres asentamientos; según se mira hacia el valle, dando la espalda a la carretera para colonos; uno está a la izquierda, otro a la derecha, ambos sobre las colinas (algún edificio se vislumbra en las fotos pero no muy bien) y otro también a la derecha, pero detrás, al otro lado de la carretera, y ese no se ve a simple vista.
Los garabatos que se ven en el mapa entre los dos asentamientos y Kawawis indican un campo de olivos y la casa de una familia, allí sola frente a los dos asentamientos. Si hubiese venido con alguien más, uno de los dos habría ido a visitar a esa familia para que no se sientan tan solos ante el peligro, pero como he venido yo sola, las instrucciones son quedarme cerca del grupo mayor de casas, ni visitas ni salidas con los rebaños por la mañana. De todas formas esas salidas normalmente serian hechas solo por un voluntario, no una voluntaria, pero esa es otra historia.
Al salir de la "casa" me encuentro a la mujer joven y a una niña, que sabe algo más de inglés y que dice que es su sobrina. Les invito a comer conmigo pero no me entienden. La mayor se va y su sobrina se queda, y por señas al final le invito a entrar. Empiezo a comer y le doy y comemos algo juntas. Me pide pan para llevar a su hermano, le doy algo de pan, y me pide algo más, ahora para su hermana. Le ofrezco también humus y me pide galletas. Al cabo de un ratito se pone unas cuantas galletas en los bolsillos y se va, con el bocadillo de humus en una mano y pan solo en la otra, y me quedo con la certeza de que esta gente pasa hambre.
Por la escasez de comida que pasan se nos dice que al venir aquí comamos solos en vez de comer de su comida con ellos, así que sigo comiendo sola pero al poco viene la mujer más joven, que me indica con gestos que vaya con ella a su casa. Le indico la comida y me ayuda a recogerla. Normalmente no se debe llevar comida a donde te invitan, se considera una ofensa, sería como decirles que no valen lo suficiente para alimentarte, pero esta familia la recibe con una sonrisa y todos comemos de su comida y de la mía.
Al acabar, y después del té, la tía se pone a fregar los cacharros con una cantidad de agua asombrosamente pequeña, con un estropajo raro y con jabón de aceite de oliva en pastilla.
Me levanto para ir a mi cueva a dormir pero no me van a dejar: "dos, bien, uno, no bien", que quiere decir, supongo: dos [pueden dormir] bien [en la casita, pero] una [sola] no [es] bueno, [es demasiado peligroso]. Y, aunque me siento bastante incómoda con el ofrecimiento, no me apetece nada quedarme en esa cueva sola yo toda la noche sabiendo que los soldados de la garita de la colina saben que yo soy la única extranjera.
Así que vamos a la casita-cueva donde en teoría me hospedo yo y cogemos un colchón y mantas que usaré en su casa.
Normalmente preferiría mi independencia e intimidad, pero dormir prácticamente a la intemperie en mitad del monte, a la vista de dos asentamientos con sus garitas, yo sola, no creo que vaya a ser buena idea; no quiero ser paranoica pero si a alguno de esos soldados o colonos se le ocurre venir y/o a mi me pasa algo, seguro que no se entera nadie ... de todas formas me voy a sentir más segura durmiendo con otras tres personas que conocen el lugar y que de hecho ya me están cuidando.
En cuanto a intimidad, bueno, solo van a ser unos días. Además no me exigen que esté siempre con ellos.
La habitación donde vamos a dormir parece un poco multiusos; hay un montón de colchones apilados en una esquina y van cogiendo uno por uno, distribuyéndolos por toda la estancia, pegados a las paredes. Ha aparecido un chico de unos 20 años aunque, conociendo cómo va envejeciendo aquí la gente, lo mismo tiene 15 ... también es sobrino de mi amiga la mujer más joven. Que siempre está sonriéndome, siempre intentando conversar lo más posible con nuestras más que limitadas habilidades lingüísticas, ella con su inglés casi inexistente, yo con mi árabe completamente inexistente.
Mi amiga la mujer más joven dice sus oraciones y, de nuevo sonriendo, se echa a dormir en un colchón junto al mío, con el pañuelo, o hijab, puesto. Me la quedo mirando esperando verle el pelo pero no, no se quita el pañuelo, va a dormir exactamente con la misma ropa con la que anda por casa y alrededores. Pensándolo bien, no he visto un solo mueble de madera en esta casa, así que probablemente ninguno de ellos tendrá ninguna otra ropa que la puesta.






























Mientras estamos en su terraza, así hablando poco, vemos una máquina que yo al menos no había visto nunca antes.
Todos los viernes hay una manifestación contra el muro en Bi'Lin. El muro en Bi'Lin es en realidad una valla metálica del estilo que explico
pero se le llama muro también porque separa igual.
Hacia las doce, cuando los palestinos salen de la mezquita, ya somos más, entre palestinos, israelíes y demás. Israelíes y extranjeros tenemos diferentes “privilegios” con respecto a los palestinos, que no tienen ninguno: a nosotros es algo más improbable que nos arresten, o que nos hagan daño; a los israelíes es algo más probable que les escuchen. Así que cada uno con sus privilegios, a la manifa todos juntos.
Cuando la mani llega cerca del muro, los soldados simplemente bloquean el paso. ![[camino bloqueado por los soldados - Bi'Lin]](http://ana.aktivix.org/trips/Palestine/best/bilin_demo2.jpg)
Durante una media hora todo lo que hacen es corear y cantar en árabe y bailar delante de los soldados.
Luego los soldados cogen sus megáfonos y nos dicen en hebreo que nos vayamos.![[Bi'Lin]](http://ana.aktivix.org/trips/Palestine/best/bilin_soldiers0.jpg)
Algunos de ellos ... parecen robocops.
Algunos jóvenes palestinos van cuesta abajo para llegar al “muro” campo a través. Los soldados les siguen y como cada vez hay más les lanzan gas lacrimógeno a distancia. No pueden usar más que bombas de sonido y gas lacrimógeno, mientras no tiren piedras.
Pero veo a un soldado arrodillado, apuntando su metralleta a la cabeza de uno de los chicos, casi niños palestinos que se retraen ya campo a través hacia el pueblo, alejándose del muro. Otro soldado le toca en el hombro y me señala con la cabeza. Le veo mover los labios y leo “filming” (grabando). El de la metralleta me mira y se levanta. Mi cámara acaba de evitar un tiro en la cabeza. Pero no va a evitar todos...
Todas las conversaciones y negociaciones se desarrollan en hebreo, así que me entero gracias a algunos israelíes que de vez en cuando nos traducen. Los palestinos dicen que los soldados suelten al rehén primero y que luego nos vamos. Los soldados dicen que nos retiremos, que nos alejemos del muro. La gente se va alejando poco a poco pero unas cuantas mujeres palestinas se sientan en unas piedras al borde de la “carretera” y algunas chicas israelíes se quedan con ellas también. Le pregunto a una de éstas si se estará bien grabar a las mujeres en vídeo; me dice que pregunte, pregunto y me contesta la mujer mayor: “durante muchos años nos han estado fotogradiando, filmando, y no ha cambiado nada”.
Una furgoneta viene por la carretera desde el muro en construcción, llena de hombres palestinos que no han estado en la manifestación. Se paran y hablan con los palestinos que siguen esperando. Pregunto a A: ”¿Quiénes son?” Contesta: “Son escoria.” Pongo cara de necesitar más y me explica que son los trabajadores que están de hecho construyendo el muro.
Después de una espera de indeterminada duración los soldados deciden liberar al rehén y hay un despliegue de alegría. Cumpliendo con el “acuerdo” con los soldados, la mayoría de la gente se va a casa y A y J confirman que esto ha sido todo.
Ahora hay unos soldados en lo alto de una colina hecha de escombros.
Les miro con reprobación y miro a A. “A ver si mejoran la puntería”, dice. Pongo cara de no poder creer lo que le oigo y me dice: “legítimamente, podrían estar defendiendo su territorio con pistolas. Este ejército ha invadido su país, es una ocupación ilegal de una tierra legítimamente suya (según las Naciones Unidas), y las únicas armas que tienen son las piedras.” “Pero tirar piedras no ayuda a mejorar la situación.” “No somos quién para juzgarles. No es nuestra tierra, ni nuestro país. Es su guerra, no la nuestra.” Tiene su punto de razón. Nosotros, si no nos gusta esta situación, nos podemos marchar. En unas semanas me voy a mi realidad pero estos chicos se quedan aquí, con la presencia del ejército y sin poder vivir una vida “normal”, porque esta es su vida normal, manifestaciones semanales e incursiones nocturnas, dependiendo de presencia extranjera para que no les maten – y a veces ni eso funciona.
Los chicos empiezan a tirar piedras pero ninguna de ellas cae ni cerca de los soldados que están en la colina – los demás han desaparecido en los blindados que están aparcados junto al muro; los manifestantes también se han ido en su gran mayoría; sólo quedamos nosotros tres y los chicos palestinos de Hebrón que se sientan a nuestro lado para que les enseñemos las fotos. Los chicos de las hondas quedan a nuestra derecha, a unos cuarenta o cincuenta metros y los soldados, que les miran mientras les tiran piedras con pésima puntería, quedan en frente de ambos, en una colina solitaria, extraña; quizás a unos ciento cincuenta o doscientos metros en línea recta, pero para llegar a ellos habría que bajar primero a un valle que desde donde estamos no se ve. Y la brisa viene desde más allá de los chicos de las hondas. Y los chicos les siguen tirando piedras, pero los soldados no hacen nada. Es algo tenso porque ya me han dicho que una vez que tiran piedras los soldados tienen carta blanca para usar las armas que quieran, como si quieren disparar balas de las que matan.
El chico de Hebrón que está sentado a mi lado me pide que le enseñe fotos y se las voy pasando, mientras con el rabillo del ojo miro a los soldados.
